LECTURAS

PRIMER CAPÍTULO DE
LA DUEÑA DEL PARAÍSO



 

 Ángela                                              1

 

 

 

            Cuando se tienen diecisiete años, la vida es bella y todo cuanto te rodea es visto por ti misma desde esa perspectiva singular que te concede la ilusión que te embarga y que es propia de esa joven vitalidad. Atisbas el mundo desde ese mágico y privilegiado punto de vista reservado tan sólo al círculo de unos pocos y cuyo centro crees ser tú misma, entonces miras a través del cristal de la esperanza y esos sueños que tienes pendientes de cumplirse piensas que sin duda albergan todas tus ansias contenidas.

            Aparqué la niña que había sido y, de repente, ¡podía sentirme mujer! Me interesaban otros valores. Me había instalado en la edad mágica desde la que crees verlo todo muy claro, en la que piensas que nadie te comprende e imaginas ser la única habitante de este mundo que puede entender ciertas cuestiones, aunque al minuto siguiente eres un inmenso mar que en vez de agua contenga las dudas más enormes. Sí. Es la mal llamada edad del pavo que suelen decir los adultos. Tal vez se trate de los años más dificiles y dramáticos para una chica, por­que la duda asalta sin tregua, pero también los más encantadores y al mismo tiempo decisivos para el ulterior desarrollo en este virulento mundo de desleal competencia, en el que cada cual libra su batalla, sin fijarse en quien tiene a su lado o a quien derriba a su paso.

            Pensaba acerca de todo lo que de bueno podría sucederme cuando cumpliese los die­ciocho; la edad mágica y decisiva, la frontera a punto de ser alcanzada. Miraba a mi alrededor y aunque trabajase, estudiase, o simplemente me dedicase a pasármelo lo mejor posible, el año que estaba viviendo, el umbral de mi mayoría de edad, era, sin duda alguna, un período muy especial para mí. Tenía ese implícito y significativo mensaje que era preocupante aunque sugestivo al mismo tiempo; ya no era una niña y comenzaban a interesarme otras cuestiones muy distintas a las de tan sólo unos meses atrás. Casi podía palpar el cambio. Me gustaba moverme por ahí, salir, pasármelo bien y disfrutar como la primera, aunque eso sí, analizando las cosas y pensando (aunque no siempre) en sus consecuencias. Me sentía con infinitas ganas de conocer gente, mucha gente interesante, chicos sobre todo, de ver cosas, de saborear el mundo y sus ofertas, hacer todo lo que estuviese a mi alcance, vivir miles de nuevas expe­riencias y probar todo cuanto estuviese a mi mano. Todo.

            Observaba a las chicas de mi edad que, como yo, exploraban con precaución las po­sibilidades que se abrían ante ellas. Siempre hay algunas que se aficionan demasiado a las li­tronas, a fumar porquerías o a experimentar novedosas sensaciones de forma expeditiva y gratuita. La mayor parte de ellas emplean estos años en bobas aventuras románticas y melo­dramáticos amoríos que, al fin y al cabo, no les conducen sino a devaneos afectivos —y a al­gún que otro momento erótico que, por otra parte, no resultaba ser todo lo satisfactorio que ellas esperaban, sino más bien, frustrante y desencantador— y que comienzan a hacer mella en ellas de modo evidente. Sin embargo, yo me tenía a mí misma por directa y práctica. Para mí el hecho de crecer y hacerme mayor, cosa de la que era totalmente consciente, significaba que me enfrentaba a infinitas y nuevas posibilidades, y ninguna de ellas era más seductora e interesante que, cuando menos y por la extraña ley del péndulo, intentar sacar el máximo par­tido posible de todo lo que estuviese a mi alcance, tal vez de los hombres, de un modo u otro, aparcando la emotividad y acudiendo directamente a lo práctico, dado que ellos siempre se habían aprovechado de las mujeres de mi familia. Al menos ése era mi propósito.

 


            A mi madre es a quien más tengo que agradecerle. Siempre me sen­tiré en deuda con ella y por mucho que llegue a quererla, jamás podré equiparar mi amor al suyo. Ahora lo comprendo todo. Fue ella quien me sacó adelante, quien me mantenía y me daba caprichos. Tardé en entender lo que significaba vivir sola, sin una pareja que te apoye y te quiera y, además de eso, mantener una casa con todos sus gastos. Decía trabajar por y para mí, deseaba fervientemente que fuese algo en la vida. ®Abogada, médica, ingeniera, o algo mejor: funcionaria, eso sí que es chollo —me decía ella con frecuencia—. En los tiempos que corren no hay que depender de ningún hombre, Ángela, métetelo en la cabeza. La mujer que tiene una profesión no necesita un marido, tan sólo un amante¯.

            Cuando se casó dejó su empleo, según me había contado en cierta ocasión. Después, al cabo de un par de años, siendo yo todavía una niña, mi padre se largó y se vio en la calle con una hija pequeña y sin un duro en el bolsillo. Según las últimas noticias mi progenitor debía andar por Sudamérica, desde que tuvo la brillante idea de largarse —dejándonos plantadas a mi madre y a mí— con una de esas brasileñas culonas y tetudas que se sacaría de vaya usted a saber donde, con toda seguridad de uno de esos clubes de carretera que tenía por costumbre visitar cuando andaba de ruta con su camión y no aparecía por casa en varios días. Apenas le recuerdo. Se trataba sin duda de ese tipo de hombres a los cuales parece molestarles el hecho de tener familia. Me preguntaba a veces a mi misma acerca la razón que le animó a casarse. Se largó abandonándonos con lo puesto; vació las cuentas de los bancos y vendió el camión dejándonos como única herencia la hipoteca del piso y otras deudas que mi madre, sola, sin oficio ni beneficio, se vio incapaz de seguir pagando.

            Cuando este triste episodio tuvo lugar, yo contaba apenas con dos años. Mamá se sintió morir, se sumió en una profunda depresión y se vino abajo. Tía Fina nos ayudó mucho, gracias a Dios. Tita Fina —como solía yo llamarla— era el único pariente cercano que teníamos. En realidad era tía de mi padre y por lo visto no guardaba semejanza alguna con él. Era una mujer cariñosa, buena y paciente. Nos ayudó mucho durante todo este tiempo.

            Por fin mamá halló empleo en una empresa de limpiezas. Era muy duro. Debía traba­jar casi siempre de noche, limpiando oficinas y bancos. Quizá la ocupación le sirviera de terapia para salir de aquello. Creo que fue entonces cuando advirtió que tenía una razón para ser fuerte y seguir adelante, un motivo de peso por el cual seguir luchando: yo, su hija pequeña.

            Tita Fina era soltera, de mediana edad, vivía en un piso de muchos años y pocos me­tros en el barrio de San José de Zaragoza, al cual nos tuvimos que mudar tras la ejecución de la hipoteca del nuestro por parte del banco, de modo que fue con ella con quien me crié. Se hacía cargo de mí, siendo yo aún pequeña, mientras mamá iba al trabajo. Tita Fina vivía de una exigua pensión que cobraba tras un accidente laboral que sufrió en la fábrica hace unos años y cuyas secuelas le impidieron seguir trabajando. Al poco tiempo de mudarnos a su casa, comencé a asistir a la escuela, a un colegio de monjas que había cerca de casa. Mamá no quería escatimar medios en mi educación y por ello pensaba que la enseñanza y la moral que podían ofrecer este tipo de centros era muy superior a las de los públicos. No en vano el co­legio aquel y todos sus gastos añadidos —porque eso sí, la enseñanza propiamente dicha esta­ba subvencionada— costaba bastante, pero a ella no le importaba trabajar lo que fuese nece­sario con tal de que su pequeña Ángela llegase a ser algo grande.

            De esa manera fueron pasando los años y fui creciendo, y mi madre se sentía orgullosa de mí. Tenía, ya por entonces, unos maravillosos ojos verdes esmeralda, como los de mi pa­dre, decían, muy bellos y sugestivos y un fantástico cabello negro y rizado que mamá me cui­daba con esmero. Le gustaba pasear conmigo por la calle para que me vieran, aún a sabiendas de la segunda intención de mucha gente que rumoreaba a nuestras espaldas acerca del parade­ro de mi padre y de andanzas o tal vez otros bulos acerca de la supuesta moral de mi madre, haciendo extensiva a ambos la misma conducta. Apenas nos relacionábamos por ello con na­die, ni daba crédito, por supuesto, a tales rumores. Cuando tuve edad suficiente, mamá me inscribió en la escuela de danza de María de Ávila. Deseaba que cultivara también otras cua­lidades aparte de la intelectuales. Al principio me gustaba mucho. Era divertido, aquello constituía un juego para mí y allí me relacionaba con niñas de mi edad en un ambiente casi lúdico. Sentía además delectación por el ejercicio físico. Me dí cuenta que me agradaba enormemente moverme al ritmo de la música, ejecutar pasos y notar como mi cuerpo iba creciendo y desarrollándose de un modo armónico. Me decían que mi complexión estaba muy desarrollada, pareciendo incluso mayor para mi edad. Empezaba ya por aquel entonces a te­ner un bonito cuerpo y una elegante figura y me encontraba muy bien conmigo misma. Verme guapa por fuera hacía que me sintiera bien por dentro. Me veía a mi misma atractiva, agra­ciada y bien formada, una tía buena solían decirme los chicos de mi edad. Recuerdo que doce o trece años hacía que los chavales mayores volvieran sus miradas a mi paso encendiendo sus comentarios provistos de alguna que otra frase de mal gusto que, en realidad, no me molesta­ban tanto como debía aparentar. Me entusiasmaba levantar pasiones ya desde niña. No puedo decir el por qué, pero sentía un morbo muy especial por ello.

            A los catorce dejé el colegio y me fui al instituto. Quería haber comenzado a estudiar peluquería y estética, pero la opinión de mi madre prevaleció sobre la mía propia. Ella desea­ba que estudiase el Bachillerato, para luego, cursar una carrera universitaria. ®Bastante me está tocando a mí trabajar para otros por un mísero jornal y no creas que eso de la peluquería es mucho mejor que fregar. Sé de lo que hablo¯. Deseaba con la fuerza de su amor que su pe­queña llegase a ser independiente, a conseguir aquello en la vida que ella no había podido, pero sobre todo que no dependiese de ningún hombre. Alcanzamos entonces un acuerdo: ha­ría el BUP, pero en un instituto público. Necesitaba un cambio de aires, una renovación y perder de vista a aquellas monjas y su rígida deontología. Algunas de mis compañeras tam­bién habían decidido irse al Instituto o hacer Formación Profesional, además aquello permiti­ría un cierto desahogo a nuestra maltrecha economía. Sería también por aquel entonces, cuando decidí también dejar la escuela de danza para irme a un gimnasio a practicar el aero­bic. Aquello era otro ambiente, me gustaba mucho más, e hice otro tipo de amistades mucho más interesantes.

            Allí fue donde conocí a Susana, la que desde entonces sería mi mejor amiga. Se daba también la circunstancia de que, casualmente, íbamos al mismo instituto: La Granja, aunque ella a un curso superior, puesto que era casi un año mayor que yo. Solíamos salir por ahí jun­tas los fines de semana, o en compañía de otras chicas de clase, pero ella y yo éramos las más amigas. Nos confiábamos todas nuestras intimidades y teníamos "grandes secretos" entre no­sotras que a nadie contábamos. Nuestros gustos, nuestras inquietudes y ansiedades, extraordi­narios proyectos de futuro; en suma, las ganas de vivir de dos adolescentes de catorce y quin­ce años. Ella pertenecía a una acomodada familia que vivía en la zona residencial de Cesáreo Alierta. Sus padres eran católicos y muy practicantes, poseían además un buen negocio; un concesionario de una conocida marca de automóviles de lujo que debía de irles iba bastante bien por lo que a juzgar por las apariencias se podía deducir. A mi amiga le resbalaba el tema religioso. Se sentía de ideas mucho más emocionales y sentimentales, aunque menos místicas. Sin embargo, su hermana Isabel, más pequeña que ella, sí que comulgaba con sus padres en todas esas cuestiones de índole piadosa. Iba siempre con ellos a la parroquia y contribuían con su presencia a asuntos inherentes a tal naturaleza. Más de una vez Susana se había lle­vado alguna bronca o incluso castigos por no acompañarles a tan píos menesteres. Tampoco les agradaba en demasía que hubiese dejado el colegio al que iba antes, colegio católico para más señas, ni que anduviese conmigo, que no tenía padre. ®Fíjense ustedes, ¡qué mala com­pañía para nuestra hijita!, nada menos que una amiga que no tenía padre ¿A quién habrá sali­do esta chica? —solían preguntarse ellos con frecuencia— ¡Con el buen ejemplo que recibe en casa!¯

            En ocasiones íbamos a su casa a estudiar, aunque a su madre no le hacía demasiada gracia. Vivía en un gran piso con muchas habitaciones y cuartos de baño, allí sobraba espacio para casi todo. Tenía una gran terraza llena de flores y macetas que cultivaban con gran esme­ro y dedicación. Cuando hacía buen tiempo aprovechábamos para tomar el sol en ella y, si no había nadie en la casa, nos gustaba hacerlo descubriéndonos el torso, mostrando nuestros in­cipientes pechos al sol. Un par de veces nos sorprendió su madre quien nos recriminó nuestra impúdica actitud al entrar de improviso en la casa.

            Íbamos por las "zonas de marcha" de Zumalacárregui, El Rollo, León XIII, Dr. Cerra­da, a veces también El Casco Viejo y últimamente San Miguel, que era donde decían que más se ligaba. Nuestro círculo de amistades se veía incrementado día a día, sobre todo con en lo referente a las masculinas. Conocíamos a casi todos los tíos buenos de las zonas que nos inte­resaban, camareros sobre todo, chicos mayores que nos invitaban a beber a cambio de algún que otro besito (nada más).

            Por otro lado, en el instituto me iba más o menos bien, aunque reconozco que no es­tudiaba lo suficiente; podría haber hecho algo más, ahora es cuando me arrepiento. Fuí sacan­do el bachillerato a trancas y barrancas, aunque no sin mis empolladas muy de tarde en tarde. Cuando quise darme cuenta, estaba terminando el tercero de BUP, arrastrando tras de mí las dos o tres asignaturas de siempre. Esos tres años se me pasaron volando y con una intensidad añorable. Susana estaba acabando el COU y preparaba la Selectividad. Quería estudiar Cien­cias Empresariales; bueno, más que ella, era su familia quien lo deseaba. Hacía falta una li­cenciada en la familia para hacerse cargo del negocio. Esperaba poder obtener nota suficiente para acceder a la facultad, sin embargo yo, cuando me llegase el caso, no lo tenía muy claro. Todavía tenía un año para pensármelo, aunque por otro lado tampoco me seducía demasiado la idea de verme otro montón de años en la Universidad, para después licenciarme en cual­quier cosa y engrosar la lista de parados.

            Lo que sí que tenía muy claro era el tema del aerobic, estaba loca por ir cada día al gimnasio, me atraía normemente, día a día mejoraba mi estilo y me gustaba más. Cuando lo practicaba me olvidaba de todo, la mente se escurría de mí alejando cualquier pensamiento, y el cuerpo parecía fucionar por sí solo al ritmo de la música. Tenía ya previsto sacarme el tí­tulo de monitora para poder impartir clases, ya que tenía a mi madre aburrida, aunque jamas se quejó por ello, de tanto pedirle dinero para todo. Nunca me negaba nada, esa era su virtud, su amor de madre. Yo constituía todo lo que de importante significaba la existencia para ella. No cesaba por ello de advertirme del peligro de mi bello y sugerente cuerpo con los chicos.   ®Ten cuidado. hija mía, todos van a lo mismo, sólo piensan en una cosa y eres muy guapa. No te dejes engañar¯ Yo intentaba hacerle caso en la medida de mis posibilidades, pero la verdad es que a mí también me iba la marcha; las hormonas del deseo se habían descargado hacía ya tiempo en mi torrente sanguineo causando su efecto, pero para mamá, yo seguía siendo su niña: la Ángela de siempre. Susana me preguntaba a veces en tono irónico, acerca de mi dieta alimenticia dados los evidentes resultados de los que mi cuerpo hacía gala sin proponérnelo, cuando nos desnudábanos en el vestuario del gimnasio. He de admitir que la naturaleza había sido muy condescendiente conmigo dotándome de generosas y turgentes curvas por las que más de uno y más de tres suspiraban, aunque por el momento no era para mí todavía el tiem­po de atarme a nadie. No me podía hacer a la idea de liarme a alguien con la exclusividad del menester mutuo. Había tenido mis aventurillas esporádicas, aunque sin llegar a mayores, como la mayoría de mis amigas. Por el momento yo sólo me ocupaba de mí y de mis asuntos propios. Me arreglaba y me peinaba para mí, por mí misma, no para gustar a nadie, a dife­rencia de las otras chicas que conocía. Ellas se vestían con provocadores modelitos para ir se­duciendo por ahí, para sentirse objeto de deseo, o para intentar atraer a tal o cual muchacho, y hacían verdaderas tonterías en ocasiones para conseguirlo. No me consideraba como ellas en ese aspecto. Me gustaba mi cuerpo para mí misma, para mi uso propio y particular e intentaba realzarlo del modo más llamativo posible con ropa sugerente: faldas cortitas, breves camisetas de tirantes, mallas ajustadas que casi llegaban a transparentar mis musculosas piernas y bien­formados glúteos o pantalones muy ceñidos que, a poder ser, debían ser de marca. Me gustaba vestir bien. Si me veía atractiva y admirada, el día tenía fuerza y significado para mí y podía sentirme yo misma. Para no negarme todos esos caprichos mamá trabajaba sin desmayo. Pre­fería hacer unas cuantas horas más en el trabajo antes de privarme aquello de lo que tuviese el antojo. Ademas, era ella quien pagaba todo lo mío ¿quien si no?: el gimnasio, las clases de inglés, mis salidas por ahí y otros demases que por aquel entonces la impronta del egoísmo de la adolescencia me impedía ver con claridad y agradecer en su justa medida. Permanecía casi toda la noche trabajando o incluso a veces gran parte del día, y descansando el poco tiempo que le restaba, por lo que conviví más tiempo con Tía Fina que con ella.

            Tita Fina, la llamaba yo. Gran persona. Había sufrido mucho en su vida. Le faltaba gran parte del brazo derecho que perdió en un accidente laboral. Poco antes de tenernos que ir a vivir con ella sufrió un grave siniestro con una máquina de cortar, la cual le arrancó medio antebrazo y la mano. A punto estuvo de morir desangrada —me dijo en cierta ocasión—, pero los médicos consiguieron salvar su vida. He llegado a quererla casi como a una segunda ma­dre, teníamos gran confianza la una en la otra. Existía una gran comunicación entre nosotras. Hablábamos bastante, de todo o casi todo, cosa de la cual me alegro porque a falta de padre, podría decirse que tenía dos madres.

            Un día me mostró antiguas fotos que conservaba con gran cariño en su álbum. En una de ellas aparecía una joven muy hermosa, o al menos así me lo pareció. Debía de tener más o menos mi edad. Presentaba un curioso aspecto de la época. Vestía elegantemente y era muy guapa, todavía hoy se podía adivinar en ella esa ajada belleza de antaño. Se trataba de ella, de Tita Fina, y le pregunté acerca del por qué de no haberse casado nunca.

            —Una vez lo intenté —me dijo meditabunda mirando al suelo cariacontecida—, pero me salió mal. Empecé, no sé por qué, a tontear con el hijo del dueño de la fábrica donde tra­bajaba. Era muy guapo y pensaba que le gustaba, que aquello podría salir bien. Una tarde que me quedé a hacer horas extras junto con un par de compañeras, él me estaba esperando. Le vi que andaba por ahí pero me hice la despistada. Después de terminar mandó a las otras dos que se marchasen. Aquella tarde iba a cerrar él, según le había dejado dicho su padre, pero que yo me quedara, puesto que tenía que hablar conmigo.

            Cuando las otras dos se hubieran marchado nos quedamos solos en el almacén. Casi sin mediar palabra se acercó a mí y me besó. No me resistí. Pensaba que me amaba y que me pretendía para algo más. Me equivocaba. Sus intenciones eran otras muy distintas a las por mi imaginadas. No se lo que me pasó, bueno mejor dicho, sí que lo sé: aquella misma tarde me estrené y me dejó embarazada. Esto sólo le ocurre a las tontas. Lo supe casi a los dos meses, aunque desde aquel día ya no me hizo el menor caso, bueno, el mismo que a las demás. Me había hecho ilusiones de algo después de aquello, pero no hubo nada más tras aquel episodio. Nada. Por supuesto no lo comenté con nadie, pero el embarazo seguía adelante en medio de mi angustia ante lo que se me avecinaba. En aquellos años eso sólo les pasaba a las ligeritas, ya me entiendes, cariño.

            —¿No se lo dijiste a él tampoco? —pregunté extrañada.

            —No. No quería que se casara conmigo por lo del niño, sino por mí misma, por amor, como se casa todo el mundo. Que me quisiera y formásemos un hogar, era así de tonta. Le quería y deseaba que él me quisiera también. Pero no fue así. Para él debió de ser como si no hubiese pasado nada, a saber a cuantas les habría hecho lo mismo.

            —¿Y el niño?

            —A los tres o cuatro meses, cuando mi vientre empezó a aumentar de tamaño, co­mencé a encontrarme fatal. Tuve hemorragias y unos dolores tremendos. Acudí al médico. Hubo complicaciones..., no sé... Algo salió mal, perdí al bebé y mi fertilidad. Desconozco lo que ocurrió con certeza, algún fallo médico, supongo. Seguramente eso hoy en día no hubiese ocurrido, pero entonces la medicina no era tan buena como la de ahora. Fue muy triste, estuve después un tiempo de baja sin ganas de nada, sólo de morirme. Sin embargo necesitaba traba­jar y regresé de nuevo a la fábrica.

            —¿Seguiste viéndole?

            —Sí, pero con otros ojos, ya no era como antes. Para mí era un ser sin corazón, vacío, carente de alma y de personalidad humana. Me engañó y tal vez desde entonces se de­sarrolló en mí un sentimiento de aversión hacia él que hice extensivo a todos los hombres. Desde entonces han dejado de existir para mí. Soy una vieja solterona y amargada, apaleada por el destino y para colmo, ¡mira!, solamente tengo un brazo con el que ni siquiera puedo abrazarte completamente, sino a medias. ¡Oh, dios mío! ¡Qué cruel es la vida!, menos mal que por lo menos te tengo a ti. Te quiero como a una hija. Más que si lo fueses.

            Tita fina se echó a llorar calladamente, mientras me abrazaba con su brazo y medio. Le correspondí y estuvimos así todavía un rato, fundidas en un apretón mientras acallaba su llanto. Era evidente que había pasado todos estos años de espaldas a la vida, sin querer acep­tar a nadie, sólo a nosotras. Estaba totalmente falta de cariño y de amor. Cuanto bien le hu­biese hecho un hombre bueno que la quisiese de veras —pensé—. No todos tienen por qué ser iguales. Supongo que habrá alguno que se salga del tiesto. Tal vez yo lo encuentre y llegue a tener suerte con alguno de ellos.

            —Ten mucho cuidado, hija mía —dijo al fin—. No seas tonta y no te dejes acorralar por ningún desaprensivo. Elige bien tus amistades, sobre todo las masculinas. Ya eres mayor y me figuro que en el colegio o tu madre te habrán aleccionado sobre todas estas cuestiones. ¿Qué te voy a decir que tú no sepas ya? —me sonreí ligeramente—. Las chicas de hoy en día sabéis mucho más que cuando yo era joven. Entonces no sabíamos nada de nada, nadie se atrevía a hablar del tema. Era un gran pecado, nos decían. Sí, hija mía, éramos unas panolis que pensábamos que una no se podía quedar embarazada sin estar casada, y que siquiera la mirada de un hombre cargada de deseo era un acto pacaminoso y otras tonterías y mitos ab­surdos. Toma tus precauciones, Ángela y que no te pase lo que a mí. Te quiero como si fueras mía, y en cierto modo lo eres. Tu y tu madre sois lo único afectivo que tengo en este mundo, porque no tengo nada más. No desearía que te ocurriese lo que a mí, o algo peor. Eres muy guapa y los chicos son todos iguales, sólo buscan una cosa.

            —Tranquila tía —dije un poco en broma un poco en serio, queriendo restar impotan­cia a la cuestión mientras la miraba a los ojos con amor y dulzura—. No creo que sea para tanto, hay de todo por ahí, no todo el mundo es malo. Creo que sé elegir mis amistades. Va­mos, tranquilízate, tita, lo que te sucede es que no te pierdes ni un programa de "Quién sabe dónde" y esos tontos "reallity shows", y estás sugestionada. Creo que sé cuidar de mí misma.

            —Sí, cariño, me parece que no eres como las demás chicas de tu edad, eres más viva y quizá un poco más sensata. Pero no te fíes, lo que os sucede a las chicas como tú es que no sabéis ver el peligro en ningún sitio. No se sabe de donde puede aparecer, la mayoría de las veces surge de donde menos te esperas.

            No le repliqué, no sabía si tenía razón o no. Tal vez la tuviese. Le escuchaba porque la quería y porque ella también me quería a mí. Pensé que trataba de protejerme mediante la ad­vertencia y su ejemplo personal, pero no por eso dejaba de ser un poquito tediosa con el ma­nido tema. De todos modos —resolví finalmente—, las viejas siempre están con el mismo ro­llo; la abuela de Susana incidía constantemente en lo mismo, pero desde su vertiente más pia­dosa y dogmática de la postura eclesiástica. Tita Fina, en cambio lo hacía desde una apuesta más personal.

            Continuamos viendo más fotos de aquellas. Me gustaba observarlas y descubrir como cambia la gente, las ropas y peinados que entonces se llevaban, y lo viejos y rancios que pa­recían muchos de ellos teniendo mi edad o poco más. En ellas aparecían extraños personajes a quienes no conocía. La familia de mi padre procedía de la zona de Tarazona, somontano del Moncayo y de ellos, sólo quedaban tita Fina y mi padre que debía de andar por ahí a sus an­chas.

            —¡Mira, éste es tu padre de jovenzano! ¿Qué te parece?

            —¡Caray qué guapo era! No es por nada, pero creo que se parece un poco a mí ¿no crees tía?

            Mamá había quemado todas las fotos suyas desde que se fue y yo apenas podía recor­dar como era. Se trataba de una de las pocas instantáneas que de él se conservaban.

            —Sí que era guapo, sí. Traía a todas la chicas del pueblo loquitas detrás de él. Siem­pre ha tenido fama de mujeriego, ya desde muy joven. Más de una lloró cuando nos fuimos de allí para venir a vivir a Zaragoza. Desde que me tuve que hacer cargo de él tras la muerte de mi hermana, nada nos ataba en aquel lugar y por aquel entonces casi no había problemas para encontrar trabajo. Sólo hacían falta ganas para ello. Ahora la juventud lo tenéis bastante peor. Comencé a trabajar en la fábrica de tejidos y compré este piso que, no sin gran esfuerzo, fui pagando. Tu padre, que no era muy buen estudiante, cuando tuvo edad, se sacó el carné de primera para los camiones. Siempre le había gustado mucho conducir lo que fuese, motos, coches, camiones... y enseguida empezó a trabajar. Dicen que la vida del camionero es dura y aunque no sabía mucho de sus andanzas por ahí, podía suponerlas. Ya se sabe, la cabra siem­pre tira al monte, como dicen en el pueblo. Se gastaba todo lo que ganaba en los clubes de ca­rretera y en juergas, bebida, juego... Un buen día apareció por aquí con tu madre, me la pre­sentó como a su novia, me dijo que su vida había cambiado, que se sentía otro hombre distin­to al lado de ella y que todo lo anterior se había terminado. Yo, naturalmente no me lo creí, pero tampoco me atrevía a advertirle a ella de la clase de hombre que era. Me hubiese llama­do entrometida o alcahueta, y le di un voto de confianza, tal vez sus intenciones fuesen bue­nas y llegase a ser cierto que había cambiado por fin y que había sentado la cabeza. A los po­cos meses se casaron, y lo cierto es que durante esa temporada tu padre parecía otra persona. Llegué incluso a pensar que era cierto, que ella le había hecho cambiar. Era formal, amable, educado, no llegaba tarde a casa por la noche y hasta dejó de beber. Era cierto que parecía otro, pero yo seguía en mis trece, su mirada seguía siendo la misma de antes, los ojos de la gente no engañan. No se puede cambiar de la noche a la mañana, creo que sólo evoluciona en uno u otro sentido, pero el sustrato de la personalidad sigue allí, permanece presente e inalte­rado, aunque oculto. Mis sospechas se confirmaron y aquello duró poco. Cuando se quedó embarazada de ti, él volvió a sus andanzas. Debió despertársele de nuevo aquella vena que durante todo ese tiempo había permanecido aletargada. Tu madre o era tonta o era muy buena. A veces no se puede distinguir esa difusa frontera que existe entre ambos conceptos, pero lo cierto es que él iba a su aire mientras ella le aguardaba en casa día tras día. En ocasio­nes se pasaba hasta una semana fuera, sin aparecer por aquí y hasta sin llamar por teléfono, pero ella tenía la venda puesta y sentía tal amor por él que le impedía ver más allá de sus narices.

            —Mamá nunca me había hablado acerca de él —dije con sorpresa. Siempre rehuía el tema. Sabía por ella que era un calavera y hasta admitió abiertamente en alguna ocasión que era un mujeriego, pero jamás me había dado tantos detalles, más bien eludía la cuestión cuando le preguntaba algo acerca suyo. Decía que para ella había muerto, como si nunca hu­biese existido. Deseaba desterrar de su memoria todo recuerdo sobre él.

            —De todos modos no la culpes —dijo Tita Fina afablemente—, supongo que te haces cargo de todo por lo que ha tenido que pasar. La vida es dura, te trata mal y da muchas corna­das, como dicen los toreros, pero las que más duelen son las de quien menos te esperas. Cuando ese canalla desapareció, dejándoos en la calle prácticamente con lo puesto, le dio un ataque de nervios y se sumió en la depresión. Le quería. Se pasó varios días sin comer y esta­ba como ida, ausente no respondía ni atendía a nadie. Entonces eras pequeña y tal vez no lo recuerdes.

            —Bueno, sí, un poco —dije haciendo memoria—, pero entonces yo no comprendía esas cosas.

            —Le costó salir de aquello pero al fin lo superó. Comenzó a trabajar y puede que le sirviera de terapia, en ese momento se dio cuenta de que tenía algo por lo que luchar: tú. Tú has sido la razón de su existencia. Pienso que sin ti hubiese cometido una tontería. Eras la única razón por la que ella decía seguir viva: quería verte crecer y hacerte mujer, no hay mal que el tiempo no cure.

            —¿Y no denunció a papá por abandono del hogar?

            —Sí, aunque no creo que lo encuentren porque no se ha llevado nada de nadie, si hu­biese robado a Hacienda o algún banco muchos millones y se hubiese ido con ellos ya lo ha­brían encontrado. No se molestarán en buscarlo. Fíjate si han encontrado a Roldán o a El Dioni. Por mucho que digan, en este país sigue habiendo ciudadanos de primera y de segunda, aunque los políticos quieran decir que somos todos iguales ante la ley. No es cierto.

            No digas nada de toda esta conversación a tu madre ¿eh? Ella no quiere que se le nombre siquiera. Piensa en todo esto, Ángela, hija mía y no te dejes engañar por nadie. Sé tú misma y que ninguna persona intente aprovecharse de ti, antes de eso benefíciate tú de las circunstancias. No te fíes ni de tu sombra y mucho menos de los hombres. A veces te das cuenta de las cosas cuando ya es demasiado tarde y ya no se puede hacer nada. Sólo te digo que escarmientes en carne ajena y no en la propia, la vida da muchas vueltas e innumerables sorpresas, no todas ellas agradables precisamente, de modo que antes de recibir, intenta dar tú el primer golpe. El ataque es sin duda la mejor defensa.

            Medité durante toda la noche las palabras de Tita Fina. Hablaba con angustia, como quien está desengañado de todo y motivos no le faltaban para ello. Me sentía como una crisá­lida en plena evolución, a punto de estallar, de despertar y salir al mundo exterior. Podía pre­sentir el cambio que se avecinaba, lo intuía pero no podía verlo todavía con nitidez. Necesi­taba un poco de tiempo para pensar y poner mis ideas en claro. Un ligero empujoncito de al­guien quizá, que me aleccionara en mis, tal vez, inmediatos planes y que me ayudase a disipar mis dudas.

 


            Al día siguiente por la mañana pasé a buscar a Susana. Siempre quedábamos en el portal de su casa para ir a clase. Por el camino le comenté lo que había estado hablando con Tita Fina el día anterior, de las aventuras de mamá y de Tita Fina con los hombres.

            —A mí los tíos cada vez me hacen menos gracia. No sé, no me gustan —dijo Susana casi en tono de protesta—. Creo que la mentalidad femenina es mucho más noble y sincera en ese sentido. Los tíos, van todos a lo mismo. Intentan mirar siempre debajo de las faldas cuan­do te sientas o por el escote cuando te descuidas, no se que es lo que pretenden ver ¡Qué ne­cios! Les resulta imposible entender que quieras hacerte amiga de ellos sin más intención, los muy cretinos creen que estas coqueteando y enseguida quieren acostarse contigo.

            —No sé, no creo que sea para tanto, cada uno va a lo suyo. Fíjate, en clase, muchas salen con chicos de fijo y no les va tan mal —le dije un poco pensativa—. Fíjate en Inma con Carlos o Marisa con Alberto, igual acaban casándose y todo. Lo que sucede es que todavía no hemos encontrado a nuestros respectivos príncipes azules, aunque no creo que exista real­mente. Se trata sin duda de un mito. De todos modos no está entre mis prioridades el bus­carme novio ahora. No sé, no me veo saliendo con un chico. Me gusta la independencia, ir a mi aire y no tener que dar explicaciones a nadie, si me apetece darme un achuchón con al­guien, me lo doy y punto y si no tengo ganas no me lo doy. Creo que es lo mejor. Además, me gustan casi todos, sobre todo los mayores.

            —Creo que hay que darle tiempo al tiempo —dijo entonces Susana en tono serio y sentencioso—. A veces las cosas no resultan como todas quisiéramos, todo puede cambiar y cualquier cosa puede suceder, creo que no somos dueñas de nuestro destino.

            —¿Qué quieres decir con eso? —pregunté extrañada.

            —No lo sé, existen muchas opciones sexuales y cualquiera es válida hoy en día..., no sé, otras... cosas ya no están tan mal vistas. Lo importante es sentirse bien con una misma y luchar por aquello que creemos. Tú siempre lo dices.

            —Sí, claro —aseveré en medio de mi perplejidad.

            Había notado en el último año un ligero cambio en la actitud de Susana. Salía menos que antes y cuando estábamos con los chicos parecía sentirse soliviantada o fuera de lugar. Sin embargo no le di importancia. Pensaba que era fruto de la preocupación por los estudios, no en vano estaba a punto de examinarse de Selectividad y su padre le había prometido rega­larle un coche si sacaba la nota necesaria para acceder a la Facultad, además de un fabuloso viaje a Estados Unidos para perfeccionar el idioma. Sin embargo empecé a sospechar que las causas de su frecuente irritabilidad eran muy otras. Intenté sonsacarla para corroborar mis sospechas.

            —¡Eh, cuidado, capullo, casi nos atropellas! —grité a un coche que pasó a escasos centímetros de nosotras mientras atravesábamos una calle—. ¿Has visto a ese gilipollas?, casi nos mata, y sería una lástima que muriésemos vírgenes, ¿no crees?

            Susana sonrió la gracia sin muchas ganas, parecía que aquello no fuese con ella, y ar­mada de una gran frialdad dijo en tono sentencioso:

            —Sí Ángela sí, una verdadera lástima.

 

 

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