ARTICULOS DE OPINIÓN




   

En esta seccion podeis leer algunos de mis artículos que fueron pulicados en los distintos medios en los que reflexiono a cerca de comportamientos, consecuencias y algunos de los acontecimientos que hoy en día suceden a nuestro alrededor





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La fórmula mágica de las pensiones

28 mayo 2013 | Economía | por 



Acostumbro a salir a correr con menos frecuencia de la que desearía. Con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide, me gusta recorrer las riberas de nuestro río y sus caminos aledaños cruzándome con innumerables corredores más, paseantes, ciclistas y demás ciudadanos que apuestan cada vez más por respirar aire puro, tomar el solecito y cuidar su salud mediante estas sanas prácticas. El ejercicio al aire libre es, sin duda, una medicina natural que contribuye a que nuestro cuerpo y mente se encuentren mejor cada día alargando la esperanza y calidad de vida.
Sin embargo, tal idea colisiona frontalmente con la realidad que nos envuelve y en la que, sin duda, nuestros ingeniosos gobernantes han acabado dándose cuenta: si vivimos más y más sanos, el dinero disponible será insuficiente para sufragar las pensiones que hemos de cobrar aquellos que luchamos por conservar una salud aceptable el día que nos toque (si ese día realmente llega a presentarse, claro). Por ello se les ha ocurrido la brillante idea de calcular el incremento o detrimento de las mismas  en función de cómo se hallen las cuentas del estado en el momento de su cálculo mediante una “sencilla” fórmula en el que el IPC ni está, ni se le espera. Cabe entonces pensar que, tal y como intentaron engañar a Europa al calcular el déficit asignando al ejercicio posterior algunos apuntes que deberían figurar en el corriente, no dudarán en hacer algo parecido para engañarnos a nosotros y mantener a costa del indefenso contribuyente una vez más un estado que se tambalea sin tocar un ápice su estatus de privilegio. Porque lo que sí que es cierto es que no se tiene noticia de que, para ayudar a sanear la agujereada caja del estado, nadie haya escuchado comentar a nuestros amables gobernantes que van a empezar por ellos mismos y sus amigos rebajándose los sueldos, dietas, comisiones, prebendas, sobres, primas, premios, honorarios, complementos, retribuciones paralelas, pensiones vitalicias, generosos ceses, ingresos extras, asignaciones complementarías, gratificaciones, aportaciones, compensaciones, indemnizaciones en diferido, simulaciones de finiquitos y otros emolumentos diversos cuya ingeniería contable produce sin descanso.
Pero no desesperemos; ya hace tiempo que se oyen voces (por sus amigos los banqueros orquestadas) que nos avisan de que hemos de procurarnos un plan de pensiones privado, que ellos administrarán y utilizarán para especular y que con suerte un buen día también desaparecerá como lo han hecho las famosas “preferentes” sin que nadie sepa al final dónde está el dinero y sin posibilidad alguna de recuperación perdido entre oscuras tramas legales y especulativas hallándose en realidad en algún paraíso fiscal a nombre de complicadas sociedades interpuestas que no son sino oscuras tapaderas de ellos y sus amigos.

            Ante tal panorama solo nos queda ahorrar debajo del colchón o ponernos de nuevo a fumar ya que la futura ley de casinos nos lo permitirá de nuevo abandonando sanos hábitos para quitarnos pronto de en medio y así no tener que mantener vigorosos jubilados.







HERALDO DE ARAGÓN 04.02.2013




 







Aquellos viejos amigos




 

 

Dicen los expertos que cada siete años renovamos todas las células del cuerpo. Dicen también, los que dicen que saben de esto, que según del órgano del que se trate, las células que se van deteriorando son sustituidas por otras nuevas en apariencia idénticas, pero que en realidad no lo son; de ahí el proceso de envejecimiento.

Cabe entonces preguntarse, si uno es la misma persona que hace, por ejemplo, veinte años. Según estos parámetros, hemos cambiado tres veces de cuerpo en todo ese tiempo (huesos incluídos, en un proceso imparable de construcción y destrucción) y la persona que creemos ser no es sino un clon de aquella que fuimos. Si sumamos este hecho a que el entorno que nos envuelve también ha cambiado sustancialmente, que las circunstancias personales no son las mismas, que la forma de aceptar las ideas y nuestra visión del mundo tampoco son iguales, nos encontramos ante la evidencia de que esa persona que vemos en el espejo no es, en absoluto, la que podemos contemplar en una foto de años atrás. Sólo los recuerdos almacenados en la memoria nos garantizan que seguimos siendo los mismos, que la persona que somos no nos traiciona y que la memoria puede continuar acumulando nostalgias que nos aseguren una certeza que quiere huir a cada momento.

A veces cuesta reconocerse a uno mismo en aquellas locuras de juventud o en esas decisiones, entonces palmarias, que se tomaron con plena conciencia y ahora consideraríamos cuando menos, temerarias.

Sin embargo, no pensemos en eso que se nos escapa y admitamos la vida con todos sus embrujos y enigmas. Porque, ¿qué es la vida sino un misterio poderoso que finalmente acabará con nosotros? Por eso, entre tanto, busquemos en otros esa solidez y esos episodios felices de antaño, a través de esos amigos únicos que lo son desde la niñez, en aquellos con los que compartimos secretos y confianza.

Todo esto viene a cuento por la reunión de antiguos camaradas de que celebramos hace poco entre aquellos que fuimos incondicionales muchos años atrás y en la que entre tapas y jarras de cerveza, hizo que pudiésemos recuperar la magia de un tiempo pretérito en donde aquella confianza que hubo, parecía mantenerse incólume después de tanto tiempo, aunque fuese por sólo unas horas. Tratamos de ver, en el hombre de ahora, a aquel muchacho, amigo y confidente que un día fue, buscando en él aquellos resortes que hicieron que nuestra unión se estableciese y junto a quien pensamos que el mundo se rendiría a nuestros pies sin remisión, armados únicamente de nuestro valor, coraje e infinita ignorancia. Recordamos antiguas correrías, viejos amigos no presentes y amores difusos que tratamos desdeñar envalentonando el tono ante el grupo, pero que guardamos, de alguna forma, una especie de dulce recuerdo en alguna parte del corazón.

La vida, concluimos al fin sentando mesura sobre la mesa en medio de soluciones más reflexivas, nos ha tratado de forma desigual. Para algunos, sus esfuerzos se han visto recompensados, no así para otros a quienes la salud, la fortuna y el trabajo personal han desdibujando de su alrededor ese aura que fue luminosa. Unos, conservaban mejor aspecto figura, pelo y vitalidad, mientras que otros habían sido atacados por la alopecia, o la obesidad, o el fantasma del paro, o los desengaños amorosos. Del mismo modo que recordamos actos pasados, también trazamos algunos planes de futuro, con nosotros mismos como protagonistas, que tal vez nunca se lleguen a cumplir debido a las ataduras que nos ligan a responsabilidades que entonces siquiera imaginábamos y cuyo concurso menoscaban esa libertad de pensamiento y obra de entonces de la que todos gozábamos y que de algún modo echábamos de menos.

Sin embargo, y por mucho que cambiemos por fuera y por dentro sin advertir que día a día nos acercamos cada vez más al desastre, los amigos de la juventud mantienen unos lazos de amistad que podemos sentir que son indestructibles, porque los recuerdos amables que compartimos son el origen de esos días que son la explicación a lo que fuimos y tal vez a lo que somos.

Por eso, no perdamos nunca esos vínculos y ese espacio en nuestra mente que dedicamos a aquellos que fueron importantes para nosotros porque, aunque lo que vemos cambia, lo que no vemos, permanece.







Árbitros

Dicen que los que nos da por escribir somos unos tíos raros. Tal vez. Además, en mi caso particular, esa rareza se ve incrementada por mi afición a correr, andar en bici, hacer montaña…y debido a esa singularidad propia me meteré yo solito en un jardín rompiendo una lanza por una denostada y oscura figura presente en cada campo de fútbol, deporte que no me agrada como se supone que debiera y tal vez sea porque tengo el extraño don de poseer dos piernas izquierdas siendo por otra parte diestro, y me he sentido siempre más bien torpón en tal disciplina, por lo que tal afición nunca se ha encontrado entre mis prioridades de entretenimiento. Por contra, a mis hijos les ha dado por tan excelso deporte siendo dotados para esa rara habilidad de la que yo siempre he carecido y me he visto obligado a recorrer más campos de fútbol de los que hubiese nunca deseado viéndolos desde la banda jugar desde hace ya bastantes años.
Todavía les sigo acompañando fin de semana tras otro por las canchas de la ciudad viendo partido tras partido y, como buen observador que soy, considero tanto lo que sucede dentro del campo como fuera de él.
Para los chicos en las categorías base, la práctica del fútbol, en este caso, constituye un extraordinario entrenamiento en todos sus aspectos, puesto que ejercitan sus músculos, adoptan un comportamiento deportivo sabiendo encajar las derrotas y conllevando las victorias sin ostentaciones, hacen amigos y utilizan su tiempo en una práctica que les aleja de posibles distracciones menos edificantes, construyendo una conducta sana y deportiva.
Sin embargo, son algunos padres los que deberían recibir algunas sesiones de comportamiento cuando se encuentran viendo el partido en las gradas. Algunos –los menos, afortunadamente– se exceden en comentarios y descalificaciones, tanto a jugadores propios y rivales, como a entrenadores y por supuesto a la figura del árbitro. Esos padres acuden a los campos esgrimiendo su única verdad en la mano. En muchas ocasiones, cuando el árbitro toma una decisión que cree que les afecta les da por pensar que lo hace intencionadamente para perjudicar o favorecer a unos u otros o que el árbitro (que suele ser un muchacho, pero con dotes para ello y sobre todo mucho aguante) no conoce su oficio y ellos sí. Puede ser que quien así actúa sea un gran experto en reglamento futbolístico, pero recordemos que quien viste de negro sobre el campo ha recibido una formación y se encuentra en prácticas tratando de hacerlo de la mejor forma posible. Recordemos que en un mismo encuentro podemos ver tantos partidos como personas se encuentran presentes y que, nos pese o no, alguien ha de tomar esa decisión difícil en un instante (normalmente inamovible) en medio de un juego rápido y aplicar un reglamento que no puede saltarse a la torera. La figura del árbitro es necesaria e imprescindible, y los jóvenes jugadores han de comprender que existe una norma, como en tantos aspectos de la vida, nos guste o no y alguien ha de aplicarla sin que por ello sea menospreciado. Pensemos en otros deportes como el tenis, el atletismo, el ciclismo… en ellos también existen jueces que aplican la el reglamento y pocos podemos imaginar al público increpándoles del modo en el que se hace en el fútbol.
La figura del árbitro es un elemento más del juego de extraordinaria importancia. Es su responsabilidad la de aplicar el reglamento y merece el respeto y apoyo necesario para que se convierta en un elemento educativo más para los jugadores en categorías base. ¿Seríamos capaces cada uno de nosotros de hacerlo mejor que ellos? ¿Estamos seguros de que nuestras decisiones serían siempre justas para todos? Entonces, ¿por qué no todo el mundo ve la misma acción en cada jugada? Nada solucionamos con increpar al colegiado pensando que de ese modo vamos a influir en sus laudos sino que incrementamos su presión lo cual dificulta todavía más su trabajo.
Por supuesto nadie está libre de cometer errores, claro, incluso los jugadores de primera división mejor pagados del mundo fallan de continuo penaltis y otras jugadas dignas de gol. Sin embargo, esos fallos caerán en el olvido frente a un posible error arbitral cuyo sueldo no se parece ni de lejos al de los astros del balón.






Hace unos días, mi amigo José Antonio y yo, paseábamos por las calles de su barrio y, consternados, comentábamos la cantidad de locales cerrados que pudimos ver. “Y más que habrá” añadió él, conocedor de la historia del barrio y de la vida de aquellos junto a quienes creció situados tras los mostradores de sus negocios. Puerta sí puerta no, lo que fueron las tiendas de toda la vida (panaderías, relojerías, mueblerías, sastrerías, mercadillos…), que hacían barrio y que unían a sus vecinos, se hallaban vacíos, con el triste cartel de SE ALQUILA, y sucumbiendo ante la realidad de un panorama comercial y empresarial que está arrasando con casi todo el tejido mercantil que alegremente nos saludaba no hace mucho a cada paso. Las tiendas de siempre son fundamentales para la salud de nuestros barrios, resolvimos. Es frecuente, además, que sus propietarios vivan en la zona, por lo que el dinero gastado en sus tiendas circula por el barrio varias veces antes de desaparecer en la economía general y acudir a otros circuítos económicos, mientras que la mayor parte de lo gastado en las grandes superficies sale de la región hacia la cuenta de resultados de sus accionistas que suelen estar fuera del país,casi de inmediato.

Los pocos de los de siempre, por ende, que lograban sobrevivir, lo conseguína a duras penas, ahogados entre impuestos, gastos fijos, descenso alarmante de las ventas pese a las rebajas y la agresividad de franquicias de frutos secos, ferreterías alemanas, supermercados belicosos y pijos obradores pan sostenidos por una estructuras empresariales potentes, o por bares y bazares regentados por orientales cuyos métodos de trabajo difieren por mucho de los conocidos por nosotros hasta la fecha, ofreciendo precios y servicios hasta no hace mucho inimaginables y cuyos beneficios huyen también del barrio a toda velocidad.
Y entonces, tomando un café en el bar de siempre, casi el único que queda en el barrio tras cuya barra limpia los vasos una joven pareja de vecinos con más ilusión que sensatez empresarial y que acaban de coger en traspaso, según ellos mismos nos informan debido al escaso horizonte laboral al que se enfrentan, y nos dio por pensar en qué es lo que sucederá cuando la libertad total de horarios sea implantada al fin. Efectivamente, resolvimos; no nos quedará otro remedio que convertirnos en émulos de esos emprendedores herméticos de ojos rasgados a quienes antes criticábamos por abrir sus puertas todos los días del año. Tocará hacer lo mismo si quien regenta negocios en el barrio quiere rascar bola, como ya lo hacen las franquicias a las que antes hacía referencia o, claro, los grandes centros comerciales, con la diferencia de que el autónomo que regenta su negocio no podrá contratar a nadie, debido al escasísimo margen con el que cuentan, para mantener la persiana arriba diez horas todos los días del año y que además deberá hacerlo sin derecho a enfermar o a llevar a sus hijos al parque los días que otros pueden descansar.
Las familias, por ende, habrán adquirido entonces la insana costumbre de aplazar las compras al fin de semana para acudir al gran centro comercial, en ese monstruo que fagocita ilusiones y billetes, hallando en tal actividad casi la única opción de entretenimiento entre ofertas de restauración, tiendas de marcas multinacionales abiertas a diario, barcas, pistas de hielo y rocódromos, y se habrán olvidado de que en su propio barrio existe la peluquería de toda la vida que le aconsejará el mejor peinado, o esa tienda de muebles en donde un profesional le asesorará, llevará y montará lo que necesite, o la frutería en donde la verdura es más tierna y jugosa y, además, está acompañada de una sonrisa que hace que su sabor sea más especial.
Sin embargo, colcluímos esperanzados al contemplar a la joven pareja de nuevo al salir del bar en cuyos ojos la ilusión parecía brillar, tal vez no todo esté perdido; si ellos han confiado en el barrio y en sus gentes, tal vez haya alguien más que lo haga.
Seguro. ¿Y tú?











La extendida costumbre de adoptar símbolos de victoria y aplicarla a iconos de nuestra cultura tradicional se ha convertido casi en una norma que puede sonar ya a añeja y manida. Hemos sido muchos los que hemos vestido la camiseta y animado a nuestra “roja”, con nuestras voces y nuestros alientos incondicionales. Nos hemos sentido parte de algo muy importante cuyo proyecto se ha visto culminado con esa copa del mundo y esa otra de Europa que ya lucen en las vitrinas de la Federación, en nuestros corazones y en el bolsillo de esos a quienes aclamamos.
Ahora, no contentos con todo eso, nuestros frivolos ediles han decidido sumarse a esa especie de celebración y ungir con ese mismo símbolo a nuestra Virgen del Pilar. Lo que faltaba, han dicho muchos. Cambiar el color tradicional del manto blanco por uno rojo, o por el de la roja, según esos otros que se sientan favorables a la decisión municipal.
Y digo yo. Ya que nos ponemos a cambiar mantos, ¿porque no confeccionamos otro mucho más práctico que también es rojo? Se trataría de un gran manto de alimentos con los que aprovisionar los depauperados almacenes de la Cruz Roja y ayudar de esa forma en su encomiable labor aprovechando que por estas fechas es el Día de la Banderita (también roja), tomando como ejemplo lo que ya se está haciendo en algunas parroquias de Andalucía en donde se sustituyen las flores a vírgenes y santos por alimentos y donaciones.
Así, de paso, nuestra electa corporación quizá (y sólo quizá) se daría cuenta al ver ese montón ingente de generosidad ante sus puertas, de que las necesidades de sus contribuyentes son mayores de lo que imagina y que el altruismo de los oferentes superaría con creces la limitada visión que nuestros engolados ediles tienen de su forma de mover las riendas del consistorio.
LUIS MARTINEZ PASTOR









¿QUIÉN ME ECHA UN CABLE?




Cuentan que hubo un tiempo en el que el trabajo constituía tanto una forma de ganarse la vida, como de lograr una estabilidad personal, profesional y económica. Dicen, también, que en ese otro tiempo la calidad o cantidad de la labor que uno desarrollaba en su empresa, era tenida muy en cuenta por los de arriba y servía como mecanismo de ascenso profesional y económico. Nadie te miraba mal por hacer bien y rápido tu cometido. Se establecía entonces una especie simbiosis patrón-asalariado en la cual todo el mundo tenía claro su cometido y existían verdaderos oficiales que conocían a fondo los detalles de su profesión y la ejecutaban con agrado. El resultado favorable del proceso y la satisfacción del cliente eran la razón de su oficio, por lo que muchos de ellos –los más avezados– decidieron entonces emprender mejorando día a día el tejido profesional de nuestro territorio.
Hoy todo esto suena a quimera. Ya no se demandan profesionales ni expertos, sino pocos años y docilidad extrema. Las empresas se han convertido en máquinas de lavar ilusiones mediante una realidad aplastante que es ese mercado laboral de muy difícil acceso tanto para quienes poseen juventud y formación como para aquellos que acumulan experiencia y edad. Las empresas se han transformado en entes difusos y aplastantes en donde sus trabajadores tragan ya lo que les echen si les da por contemplar la fría alternativa y cuyas escasas vías de entrada se hallan al alcance ya de muy pocos.

A no ser, claro, que contemos con alguien muy cercano (aunque muchos se empeñen en negarlo) que nos eche un fino cable desde dentro sin que por ello llegue a caer en el intento.


LUIS MARTINEZ PASTOR                          ( Heraldo de Aragón 11.09.2012)





EL OFICIO DE BUSCAR EMPLEO 


Casiano se bajó del tren en la capital. Era la tercera vez que salía del pueblo. No conocía más mundo, a excepción del Sahara, en donde sirvió a la Patria defendiendo arenas ardientes y sueños estériles. Provisto apenas de boina, maleta y juventud, se presentó ante el gris capataz de la primera fábrica que vio ante él. A los pocos minutos salía de allí con un contrato firmado mediante un simple apretón de manos y a continuación se fue a buscar pensión. Casi cuarenta años trabajó allí, sin mas formación que la de silbar y apedrear por los caminos a las ovejas para que no cayesen por las quebradas, azuzar al macho mientras labraba los olivos o cavar hoyos alrededor de las cepas para recogieran el agua de las escasas lluvias. Apenas sabía leer, pero sus manos fuertes y hábiles le sirvieron para ayudar a levantar los sueños de un país que se había resquebrajado tras una guerra.

Después de casi cuarenta años, Casiano levanta la vista y ve un país asolado por el desempleo. Es un país de locos, piensa. Sus hijas, tras incontables dineros y tiempos invertidos en estudios y universidades, andan de acá para allá tras esa quimera trasparente que supone hallar el ansiado puesto de trabajo, búsqueda en si misma que se ha convertido para ellas ya en una durísima profesión de angustiosos resultados. Casiano cobra una pensión de la que todos viven y Casiano llora en soledad echando la vista atrás al añorar el tiempo en el que nadie sabía lo que era la asertividad, la resiliencia, las competencias, los técnicos de empleo y los coachers. Un tiempo también difícil en el que para trabajar apenas hacían falta un par de manos y voluntad, ese tiempo en el que el sol salía por el mismo sitio que hoy y alumbraba el mismo mundo, solo que ese mundo sonreía feliz mientras se trabajaba y amaba. Una sonrisa fingida, en cambio, es la que Casiano luce ahora, llorando en su interior, para que nada se venga abajo y sus hijas no desfallezcan en el intento, pensando que las guerras que ahora se libran arrojan menos cifras de muertos pero más cadáveres andantes.



LUIS MARTÍNEZ PASTOR                 ( Heraldo de Aragón 24.09.2012)







Qué será de ellos   05.10.2010 Diario Digital)

Hace algunas fechas los medios nos informaban a cerca de la marcha de los congresistas abandonando las cortes. La legislatura toca a su fin y hay que salir de allí y abandonar el hemiciclo y todo lo que ello conlleva. Las imágenes ofrecidas por las distintas cadenas televisivas de nuestros sacrificados gobernantes abandonando lo que ha sido su cometido durante los últimos tres años y pico, lejos de expresar tristeza o cuando menos alguna sombra de melancolía o mirada silenciosa al adversario político, no eran sino amables gestos entre unos y otros, chanzas, bromas y hasta prontos mirando muy de lejos la ignominiosa cola del paro.
Sus rostros se iluminaban envueltos en una extraña alegría, como si aquello no fuese con ellos y no fuese un adiós sino un hasta pronto, una pseudo despedida de cara a la galería o como si se tratase de una fiesta o de unas vacaciones cuyos miembros se marchaban de allí tras haber establecido una estrecha y sincera amistad.
Es extraño, me dio por pensar; cuando me despidieron de alguno de los trabajos en los que he tratado de desarrollar mi cometido con el mayor de los esmeros y sin faltar ni un solo día a mi puesto, la salida no ha sido tan alegre y jovial como la de sus señorías. En los tiempos en los que nos ha tocado vivir, los trabajadores, todos y cada uno de nosotros al tener que abandonar obligados nuestro empleo, no hemos visto alternativa clara, sino negros nubarrones amenazantes en el horizonte, en el mejor de los casos una prestación graciosa o algún subsidio ridículo por parte de la administración, o tal vez la calle para correr si has sido autónomo o si no has tenido la fortuna de cotizar el tiempo suficiente entre empleo y empleo.
No tardaremos, resolví, en volver a ver a sus señorías reencarnados como tales en la siguiente legislatura o tal vez colocados en el consejo de administración de alguna gran empresa cuyos altos cargos han tenido que despedir gustosos a varios trabajadores para hacerle un hueco en la nómina de la misma para ver su prestigio realzado al contar entre sus filas a tan distinguido dignatario y hacer frente a sus abultados honorarios. El congreso ha servido a muchos de trampolín para introducirse en la empresa privada, en la pública, el la banca y en otros muchos cargos cuyos favores pretéritos han de satisfacerse sin remisión en cuanto abandonan la política activa.
La política activa, pues, no la abandonan en mucho tiempo, algunos nunca, ya que muchos de ellos pasan a ese gigante pantagruélico y voraz de recursos llamado Parlamento Europeo, o a ese cementerio de elefantes en el que se ha convertido el senado, costosísima cámara políglota de dudosa utilidad, y el resto que siguen unidos al estado, mediante el ineludible pago de impuestos de todos nosotros cuya recaudación sirve, en gran medida, para hacer frente a esas pensiones, indemnizaciones y demás prebendas que, mediante gracioso decreto y sin la más mínima discusión, ellos mismos se han adjudicado de un modo u otro hasta el final de sus días.
Pobrecitos, qué va a ser de ellos. Ahora que se ha hecho pública la lista de propiedades de sus señorías, los ciudadanos de a pie, los que les votamos y pensamos que caminan sobre fortunas, nos damos cuenta de que muchos de ellos no tienen apenas dónde caerse muertos. Tal vez la vida de parlamentario resulta ser más dura y costosa de lo que todos creemos. Me da por pensar por tanto que, de ser cierto cuanto dicen, si tras largos años de sacrificada actividad política, bastante mejor remunerada que la media, no han sido capaces, ya no de atesorar fortunas, sino de ahorrar algo aunque sea para ellos mismos y para el futuro de sus familias, en malas manos estamos.

LUIS MARTÍNEZ PASTOR                                     (5.10.2010 Diario Digital)








Los dos artículos siguientes fueron publicados en "Crónica de la margen Izquerda" que edita El Periódico de Aragón en los años 2006 - 2007. Recordemos que por aquel entonces estábamos en pleno auge inmobiliario y la sensación de ser ricos "per se" sobrevolaba nuestras cabezas. Apenas una leve desaleración económica quería vislumbrase en el horizonte, según el gobierno. Nada de nada, vamos. Juzguen ustedes mismos:


La necesidad de lo superfluo  (Crónica, 2006)

Un servidor no deja de sorprenderse ante las noticias, estudios y sondeos que casi a diario se pueden escuchar en los medios. En prensa escrita de difusión gratuita, se aseguraba que según una encuesta, los ciudadanos aragoneses dedicamos más presupuesto y con menos dolor al ocio, entretenimiento y diversión (concretamente a adquirir pantallas de plasma, videojuegos y consolas) que a procurarse productos de calidad en la cesta de la compra.
Tal vez sea cierto. Deténganse a observar cómo ha subido la venta de denominadas marcas blancas en productos de alimentación, higiene y menaje en detrimento de aquellas que nos aseguran la calidad de siempre. Hemos llegado al punto de que no nos hace duelo gastarnos en el bar más de un euro en un cortado mientras que nos quejamos de lo alto que está el precio del litro de leche en el súper o el precio de la tan manida barra de pan.
Hoy por hoy hasta al gato le resulta imprescindible la posesión de un teléfono móvil de ultimísima generación -cuya factura o saldo hay que pagar-, hasta el periquito tiene ordenador con ADSL, zapatillas de doscientos euros, coche tuneado, DVD, y claro, hay que salir de copas o de fiesta o pedimos créditos para ir al Caribe y, dado que los sueldos hoy en día no son gran cosa, y la hipoteca sí que lo es, hay que escatimar en lo esencial tirando de tarjeta para poder atender a esa otra clase de dispendios que nos distraigan de esta vida tan tediosa y que, a su vez, nos procuren un pretendido estatus de puertas para afuera de casa mientras reunificamos deudas con una simple llamada telefónica.
Seamos coherentes y demos a cada cosa su importancia, estableciendo un orden de prioridades a las cuales atender una a una y no nos dejemos llevar por el entusiasmo pasajero gracias a quienes nos calientan la cabeza para que seamos más felices mediante la adquisición de ciertas prebendas haciéndonos ver que no pasa nada.
Son tiempos difíciles y cambiantes y hay que adaptarse. Según algunos se trata de una simple desaceleración económica leve y pasajera y según otros una verdadera crisis de la que nos costará salir y no lo haremos incólumes precisamente. Cada cual que opine lo que quiera.


LUIS MARTINEZ PASTOR






UN BIEN ESCASO                        (Crónica, 2008)

Acostumbro a moverme por Zaragoza en medios de locomoción menos convencionales que el coche, en la medida de lo posible. Las mas de las veces mis huesos van de acá para allá en bicicleta, otras en moto y las menos, en autobús. Sin embargo como cualquier mortal que se precie hoy en día tengo coche y he de usar ese pérfido artefacto con mayor frecuencia de la deseada. Recuerdo, en los albores de nuestro barrio, cuando había más terrenos que casas y las capitanas rodaban de acá para allá a sus anchas impulsadas por el Cierzo, en el solar que hoy en día ocupa Grancasa mirabas al atardecer en días claros y la silueta del Moncayo podía verse sin grandes esfuerzos. Aquello era un descampado en donde unos cuantos podíamos aparcar sin problemas porque, recordemos que hace veinticinco años, la media de automóviles por hogar era de menos de medio y hoy en día llegamos ya a la pareja o más. Si unimos todo este panorama a la cada vez mayor escasez de lugares donde ubicar nuestros venerados montones de chatarra de los cuales no podemos prescindir ni para ir a mear, obtenemos una amalgama explosiva. Sólo nos queda echar un vistazo a nuestras principales avenidas del barrio que han quedado convertidas en auténticas pistas de aterrizaje en donde los coches circulan hacia ninguna parte sin poder detenerse salvo en los semáforos, puesto que una vez que han llegado… apenas existe una mínima posibilidad de ubicar en lugar alguno esa nuestra segunda piel motorizada. Ni siquiera para los sufridos repartidores y comerciantes del barrio que han visto impotentes cómo asesinaban todas y cada una de las zonas destinadas a carga y descarga. Ahora no queda otro remedio que jugársela a una carta implorando a los dioses del olimpo (no se me ocurre a quien si no) para que los agentes de la ley no salgan de debajo de una baldosa en ese preciso momento y extienda amablemente una receta con sello del consistorio.
Como no se puede luchar contra los elementos, pongamos todos un poco de nuestro lado y, a parte de usar el motor no más allá de lo necesario, preservemos para uso de todos ese bien escaso que es el sitio para aparcar, sin dejar el hueco exactamente preciso con el siguiente y precedente para que no quepa ningún otro vehículo delante ni detrás del nuestro. Seamos cívicos. Por el bien de todos.

LUIS MARTINEZ PASTOR








CUARENTONES                 (20.04.2011, Diario Digital)

Todos aquellos que nacimos entre los 60 y 70 y rondamos la cuarentena, somos una generación especial. Nos hemos situado en esa edad en la que se reconoce nuestra madurez, templanza, buen hacer, experiencia y capacidad de liderazgo. Sin embargo, en muchos casos la vida no nos ha tratado mejor que a otros. Pertenecemos a esa generación en la que a los cuarenta y tantos henos adquirido un gravedad superior; tenemos cargas familiares, económicas y en muchos casos deudas adquiridas al vernos obligados a clausurar negocios al frente de los cuales nos hallábamos y que en muchas ocasiones se habían heredado de un modo u otro de nuestro padres, bien por pertenecer a ellos o por habernos transmitido también la capacidad de trabajo, dedicación y esfuerzo que hemos visto siempre en casa, lo que ha animado a muchos a ser emprendedores.
Rozando ya el medio siglo de vida, se halla uno en el punto de no retorno en dónde no se es ni joven aún ni viejo todavía, se ha cotizado más de dos décadas y sin embargo se ve aún muy distante la ansiada edad de jubilación, para el que tenga la dicha de poder llegar a ella, si es que llega a haberla y sin saber muy bien cuál será ésta.
Nacimos en la era del franquismo, con la culpa y el desasosiego instalado de por vida en nuestras entrañas llegando a asimilar ya desde niños la naturaleza del régimen y de dónde veníamos, su calado y sus premisas. Nos tocó estudiar bachillerato, COU y francés teniendo que compatibilizar los estudios con el trabajo en negocios familiares o con la agricultura y la ganadería y vivir en primera persona los mágicos 80 con la energía de ser jóvenes e ilusionados, mientras hacíamos la mili y pretendíamos ser mayores. Nos casábamos jóvenes y jóvenes engendramos a nuestros hijos como tratando de ser independientes lo más pronto posible, con lo justo, sin nada, porque en muchos casos poco o nada se nos podía dar. Era una sociedad en evolución la que comenzaos a crear, un mundo que se nos está yendo de las manos.
Nuestra generación tuvo un contacto tardío con la informática y con el sexo contrario si lo comparamos con lo que ahora sucede y teníamos valores a los que agarrarnos. Respetábamos a nuestros mayores y seguimos haciéndolo. Nos tocó viajar poco por el mundo y conocer el significado del esfuerzo para conseguir las cosas superando infinidad de obstáculos a base de sacrificio.
A día de hoy, tras haber pasado por varias etapas de la vida y después de dar muchos traspiés, muchos pensaban que su trabajo y su salario serían para toda la vida. No. No ha sido así. Hoy muchos se ven en la calle con un negro horizonte ante ellos preocupados por su subsistir diario y del de los suyos, mientras las ayudas son destinadas a esos individuos cuya juventud se le ha alargado por decreto hasta los treinta y cinco y son mas proclives a firmar contratos basura, o a trabajar en condiciones que apenas un lustro atrás hubiésemos tachado de despóticas o incluso ilegales.
Mal panorama se nos presenta y si estamos esperando a que el gobierno (este o el que sea) nos vaya a solucionar la papeleta. Ya podemos aguardar sentados, o mejor dicho tumbados. De momento los medios nos distraen la cuestión formando una cortina de humo con asuntos baladíes para que no pensemos como la polémica del juez Garzón el velo islámico u otros de extrema importancia para quien tiene otro tipo de problemas instalados en su casa.
Por eso la solución, que desde luego tiene que existir (de otras peores dicen que hemos salido), depende de todos y cada uno de nosotros; no esperemos que esto lo levante el gobierno, salvo que los marcianos tomen la determinación de convertirse en nuestros dirigentes, porque aquellos —el gobierno y todos sus secuaces, digo— ya tienen el riñón bien cubierto y de un modo u otro salen de esta sabiendo que no les va a faltar.

LUIS MARTINEZ PASTOR